La reciente audiencia otorgada por el Sumo Pontífice al obispo emérito de Zárate-Campana, formado en Mercedes, desató un vendaval de rumores en la Conferencia Episcopal Argentina. En un clima de «limpieza» de expedientes, el silencio de Sarlinga es el mayor temor de la curia local.
El fallecimiento de Francisco y la llegada de León XIV no trajeron la calma esperada a la Iglesia argentina; por el contrario, el nuevo Papa parece decidido a «hacer lío» con una impronta propia y firme. Tras la sorpresiva eyección de un cardenal indonesio la semana pasada, el foco de atención viró bruscamente hacia nuestro país tras un movimiento que pocos vieron venir: la reaparición de Monseñor Oscar Sarlinga en el Vaticano.
El pasado jueves 22 de enero, el boletín oficial de la Santa Sede confirmó que el Papa recibió en audiencia privada a Sarlinga. El dato no es menor: el obispo emérito, nacido en San Andrés de Giles y con fuertes raíces y pasado de influencia en la Diócesis de Mercedes – Luján, permanecía en un ostracismo absoluto, casi olvidado por el circuito del poder eclesiástico.
El conocedor de los «closets»
La inquietud en la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) es palpable. El Papa León conoce los pasillos de la Iglesia local como pocos, ya que antes de su elección fue prefecto del Dicasterio de los Obispos, el organismo que maneja los legajos, las conductas y los «cadáveres en el closet» de cada prelado del mundo.
¿Por qué recibir a un obispo que se retiró antes de tiempo y fue marginado de la toma de decisiones? En los pasillos de la curia se barajan dos hipótesis:
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Revisión de expedientes: El regreso de nombres del pasado coincide con el desempolve de viejas causas que la Iglesia argentina creía cerradas.
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Fin del silencio: Sarlinga, que supo ostentar un enorme poder político y económico desde Mercedes antes de su retiro, ha mantenido un silencio hermético durante años. Su vuelta al corazón del Vaticano sugiere que ese silencio podría estar por quebrarse.
Señales de un nuevo tiempo
Dos hechos alimentan la paranoia episcopal:
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La vacante en la Nunciatura: El movimiento discreto del nuncio apostólico en Argentina, cuyo reemplazo —pedido por la CEA— aún no llega.
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La «renuncia» inducida: La reciente baja de un joven obispo en Indonesia nombrado por Francisco, lo que demuestra que León XIV no teme revertir decisiones de su antecesor para «poner orden».
Mercedes y el factor político
Para la región, el nombre de Sarlinga resuena con fuerza. Su vinculación con un Arzobispado que en otros tiempos manejó una estructura de poder que excedía lo espiritual genera escozor. Para algunos, la audiencia fue una simple coincidencia; para otros, es la señal de que el pasado de la Iglesia argentina aún tiene cuentas pendientes.
“En el Vaticano nadie reaparece por error”, advierten los observadores más antiguos de la Santa Sede. El nombre de Óscar Sarlinga vuelve a escribirse en los márgenes del poder, y en la Argentina, muchos empiezan a dormir con menos tranquilidad.
¿Quién es Oscar Sarlinga? El obispo que marcó una época en la región
Nacido en San Andrés de Giles en 1963, Oscar Domingo Sarlinga es una figura de peso histórico en el mapa eclesiástico bonaerense. Su formación y ascenso están íntimamente ligados a la Diócesis de Mercedes-Luján, donde desempeñó cargos clave antes de dar el salto al epicentro del poder religioso.
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Raíces mercedinas: Fue ordenado sacerdote en 1990 por Monseñor Emilio Ogñenovich, confesor del entonces presidente Carlos Menem. En Mercedes, fue Vicario General de la Diócesis y Rector del Seminario «Santo Cura de Ars», posiciones que le permitieron tejer una red de influencias políticas y sociales en toda la zona.
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Ascenso meteórico: En 2003, fue nombrado Obispo Auxiliar de Mercedes-Luján y, apenas tres años después, asumió como Obispo titular de la Diócesis de Zárate-Campana, una de las más estratégicas por su cordón industrial y nexo con el AMBA.
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Poder y controversia: Durante su gestión, Sarlinga fue señalado como un actor con fuertes vínculos en la política nacional y con un manejo de recursos que le otorgó una visibilidad inusual para un obispo de su edad.
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Renuncia y «exilio»: En noviembre de 2015, en una decisión que sorprendió al mundo católico, presentó su renuncia al Papa Francisco mucho antes de la edad jubilatoria (tenía solo 52 años). Desde entonces, se mantuvo en un estricto bajo perfil, residiendo mayormente en el exterior y alejado de la gestión pública, hasta su reciente y sorpresiva aparición junto al Papa León XIV.




