Como era habitual habíamos planeado encontrarnos con mis padres ese domingo de Pascuas para comer los ravioles de mi madre y su infaltable flan casero. Era una linda ocasión para hacer un alto en el trajín cotidiano y disfrutar de una fecha tan agradable que habíamos tenido más de diez años entre paréntesis.
En efecto, desde 1975 a 1985, debimos pasar por alto este momento de encuentro con los seres queridos. Un tiempo por la militancia y la persecución y otro por estar en el exilio, muy lejos de casa. Pero ahora sí, nada parecía interponerse para disfrutar de una buena mesa donde padres, hijos y nietos gocen de la resurrección cristiana de una forma simple y afectiva.
Pero no, de pronto, viejos fantasmas nos tomaron por asalto y miedos aún no desvanecidos se convirtieron en una nueva pesadilla; la primera Rebelión Carapintada explotaba el jueves 16 de Abril cuando, en cadena, la oficialidad comprometida con el período dictatorial tomaba uno a uno los principales cuarteles del país.
Exigían básicamente impunidad. Estaban sometiendo a una joven democracia a una extorsión para lograr inmunidad por sus cruentos delitos de apenas una década pasada.
Pertrechados con ropas camufladas y las caras tiznadas se plantaban frente a las autoridades legítimamente instituidas para demandar traspasar sus responsabilidades a sus superiores jerárquicos.
Estos venían de ser juzgados y condenados en el Juicio a las Juntas. Según el cuerpo de oficiales sublevados aquellos debían cargar con toda la responsabilidad y ellos ser exculpados. De pronto el aire de la convivencia civil se había vuelto denso, cargado de presagios.
Todo había empezado con la negativa a comparecer a indagatoria de Ernesto Barreiro, a él se le sumaría Aldo Rico y cientos más en pocas horas, en gran parte de la geografía argentina. Pero, esta insumisión al orden constitucional despertó la respuesta popular más contundente, masiva y pacífica de nuestra historia.
En decenas de ciudades de todo el país la gente salió a la calle. Aquí nomás, entre nosotros, el pueblo se convocó frente a la entrada del Regimiento 6. Cánticos, brazos levantados, repudio, himno nacional y el “Loco” Lorusso gritándoles el GOOOLLL de la democracia a los insurrectos desde su bici y su genial inventiva. El pueblo mercedino explotaba en una cerrada ovación.
Así, tensos, expectantes y en un aluvión de resistencia cívica fueron transcurriendo los días de esa Semana Santa sin par, donde los argentinos nos jugábamos a cara o cruz el derecho a vivir en una República. Llegó el domingo y la convocatoria mayor fue en Plaza de Mayo, sin distinción de partidos o ideologías, abrazados todos a nuestra bandera y apoyando la figura presidencial sin titubear.
Con Diana, mi esposa, llevando a Victoria y Nico, nuestros hijos, rumbeamos para Buenos Aires. Mis padres, nos apoyaron y postergamos por un tiempo impreciso ese almuerzo familiar tan esperado. Fue un día difícil pero maravilloso, nos jugábamos el retorno a nuestra Patria, así como millones defendían una forma de vivir en sociedad. Nos sentíamos todos hermanados, cientos de familias decidieron también ir a esa bella Plaza con sus hijos, nos decíamos que esa prueba sería, sin duda, la lección de civismo más contundente de todas nuestras vidas.
Ya sabemos el final. A las seis de la tarde, Alfonsín anunciaba el final de un capítulo angustiante, los cuarteles se desarmaban y el orden constitucional seguía su marcha. Algunos quedaron disconformes, para otros no era lo deseado, algunas cuestiones quedaron inconclusas. Pero nosotros –y muchos con nosotros creo- volvimos renovados a nuestros hogares, disfrutando de un logro parcial pero enorme y de una victoria, aunque incompleta, sin duelos ni sangre de por medio.
Quedaba un futuro a construir, certezas e incertidumbres, alivio y dilemas por igual. Pero era nuestro futuro, dependería de nosotros el llegar o no. Y el compromiso y el deber ciudadano cumplido. Volvimos cansados pero felices en ese tren de vuelta a Mercedes.
En la vieja casa paterna, mamá y papá nos abrazaron. Nos sentamos a la mesa y comimos los mejores ravioles de nuestras vidas, cada uno agradecía a su manera estar juntos, estar bien y disfrutar de la vida democrática en aquellas lejanas Pascuas de hace 35 años.
No olvidemos ese espíritu. Hacerlo sería un pecado imperdonable.
Viva la Democracia!