Quién conozca un poco de leyendas bíblicas confundiría este viernes 9 de diciembre con algún castigo del Apocalipsis, que nos caía, justo en ese momento sobre nuestras atribuladas cabezas.
La realidad, tuvo más que ver con los caprichos de la naturaleza y con nuestra famélica infraestructura de servicios en todos los niveles y regiones (léase, luz, agua, cables e internet).
La mañana había empezado con graves problemas en la provisión de agua para amplios barrios mercedinos, el calor agobiante se tornaba insoportable, escalaba por encima de los 37° con ánimo de batir todos los récords.
Hacía una eternidad que esta zona de la pampa húmeda no conocía un aguacero, lo pedíamos desde hace meses, las cosechas comprometidas, el verano comenzaba impiadoso para plantas, niños y mayores… pero nada. Los frentes de tormenta se burlaban de nuestros ruegos y nos esquivaban como una gambeta de Messi.
Justamente, llegó ese día, el del Mundial, perdón, ¡el del partido con Holanda! Todos apoltronados en nuestros sillones, hundidos en las reposeras, acomodados en nuestras cábalas inverosímiles, veíamos como el seleccionado se ponía en ventaja a la vez que subía por el horizonte una negrura parecida al fin de los tiempos.
El segundo gol no menguó la amenaza climática, sino que la exacerbó, la tormenta ya era una tropilla de negros caballos salvajes provocando a su paso una tempestad de viento, truenos y relámpagos.
Nuestros peores temores llegaban todos juntos, los elementos desatados y los holandeses a la carga barraca. Justo antes del primer gol naranja se concretó el tan temido corte de luz y de paso y cañazo de todos los servicios clásicos y ultramodernos.
En un abrir y cerrar de ojos nuestra cómoda modernidad se transformaba en la cavernícola búsqueda de algún medio de contacto con la lejana Qatar. No procurábamos una alfombra voladora que nos llevara al verde paraíso con aire acondicionado, sino una vieja radio que nos trajeran los últimos minutos de la contienda.
Desesperadas búsquedas AM por celulares vaciados de contenido y de señal, nerviosos revoltijos en todos los placares y repisas en procura de alguna leal Spika que nos devolviera el contacto con la batalla. Constatamos con estupor que, cuándo no hay electricidad… ¡¡las radios necesitan pilas!! Algunos se hundían en la desesperación, otros en la búsqueda creativa, todos rastreaban un pariente o un amigo con televisor. Las calles se llenaban de alocados vehículos en procura de imágenes prestadas.
Mientras tanto, el agua caía a baldazos, tanto como los centros de los herederos de Cruyff.
Asaltamos las radios de los autos como quien encuentra un puesto de helados en el Sahara. Solo para constatar que un árbitro español había decidido dar un tercer tiempo a este martirio… ¡¡diez minutos!! Había tardado menos la Apolo 13 en salir de la órbita terrestre.
Para ese momento, algunos escuchaban la beligerancia futbolística en una video-llamada a distancia, otros tenían la suerte de estar en un avión y el piloto se los retransmitía, los más terrenales volvían a compartir una vereda, una mesa de bar, o simplemente estaban subidos a un tapial con un paragüas o debían encender el auto cada 3 minutos porque los sofisticados sistemas de protección eléctricos cortaban el invento de Pathé-Marconi.
Como las desgracias llegan siempre acompañadas, un gigante rubio nos enchufa el 2 a 2 y nos envía a la cámara de tortura de los penales. Para esa altura Mercedes era una negrura absoluta, envuelta en un tufo insoportable, con agua que corría por las calles y no por las cañerías, pero impregnada de un espíritu solidario y de ese compartir que se nos había esfumado en el atrio de la tecnología. Era el turno de la imaginación… y de la angustia.
Les ahorro esos minutos de suplicio, no hubo santo que no estuvo convocado, ni trenza en los pañuelos o dedos que se dejó de hacer, perro o gato que no se acarició, foto de abuelo abrazada o vecino que no se consultó, aún con dislay.
Así, de pronto, como por obra de un pase de magia, mis nietos estaban subidos a un auto como yo lo estuve durante diez años, en la década del ´60, colgado a las ondas hertzianas del Peugeot 404 de papá, escuchando a Independiente subirse a la cima de América.
Faltaban entonces unos 20 años, para que naciera el “Dibu”, un arquero de la cantera roja que se fuera pichón a Europa y que parece tener las manos grandes como el cielo para detener dos cañonazos que nos devolvieron el alma. Como será de grande la Selección que en los extremos de la gloria hay dos cracks de equipos rivales de Avellaneda. ¡Y los dos se llaman Martinez!
Y se terminó. Una alegría después de tantas pálidas, después de tantos grises y tantas frustraciones. La ciudad seguía a oscuras, había árboles caídos y palos de luz por el piso.
Mucha gente seguía sin agua, los pibes festejaban mojados en la plaza central, los autos recargaban baterías y maltrataban las bocinas. No todo estaba bien… ni lo estará pronto*.
Pero un apagón gigantesco nos acercó, nos hizo un poco más iguales y nos mostró, una vez más, cachetada mediante, que la felicidad, esa que marca minutos inolvidables de nuestras vidas, a veces es algo simple, como un abrazo, una palabra a tiempo o una pequeña radio.