El asado y los cortes diarios se alejan cada vez más de la mesa familiar. Según el último informe del IPCVA, en marzo los precios saltaron un 10,6%, duplicando el ritmo de suba de los meses anteriores. Los cortes populares, como la carne picada, fueron los que más aumentaron, rozando el 20% de incremento en un solo mes.
La realidad en los mostradores no da tregua. Lo que antes se explicaba como un «cambio de hábitos», hoy se revela como una restricción económica pura y dura. La carne vacuna volvió a ser el motor de la inflación en las góndolas, acumulando un alza interanual del 68,6%, una cifra que asfixia el poder adquisitivo de los trabajadores.

Los cortes populares, los más castigados
Lo más preocupante del relevamiento, realizado sobre 30.000 precios en AMBA, Córdoba y Rosario, es dónde se concentró el golpe. No fue en los cortes «premium», sino en los que garantizan el plato diario:
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Carne picada: +20,4%
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Carnaza común: +17,7%
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Falda: +13,4%
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Osobuco y Roast Beef: arriba del 11%
Carnicerías vs. Supermercados
El informe del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina marca una brecha notable según dónde se realice la compra. Mientras que en las carnicerías de barrio las subas promediaron un 12,2%, en los supermercados el incremento fue más moderado, situándose en un 7,1%. Esta diferencia hace que, hoy en día, el presupuesto rinda un poco más en las grandes superficies para cortes específicos, aunque el lomo o la colita de cuadril sigan siendo más caros allí.
¿Cambio de cultura o falta de presupuesto?
Recientemente, voces del sector agropecuario —como Nicolás Pino— sugirieron que la baja en el consumo responde a un «cambio cultural» de los argentinos. Sin embargo, los datos cuentan otra historia.
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Con el pollo subiendo un 10,9% mensual y el cerdo un 6,3%, el reemplazo de la carne vacuna no parece ser una elección gourmet o de salud, sino una adaptación forzada. Mientras las exportaciones fluyen, el mercado interno se retrae: el argentino no dejó de querer comer carne; simplemente, ya no puede pagarla.




