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viernes, abril 10, 2026

CURIOSIDADES DEL 10 DE ABRIL: LA TRAGEDIA DE LAS CHICAS QUE BRILLABAN EN LA OSCURIDAD

Durante la Primera Guerra Mundial, cientos de mujeres jóvenes entraron a trabajar en fábricas donde pintaban las esferas de los relojes con pintura luminosa de radio.

El 10 de abril de 1917, una mujer de 18 años llamada Grace Fryer comenzó a trabajar como pintora de esferas en la United States Radium Corporation (USRC) de Orange, Nueva Jersey. Fue cuatro días después de que los Estados Unidos entraran en la Primera Guerra Mundial

Pintar esferas era «el trabajo de élite para las pobres chicas trabajadoras»; el salario era más de tres veces el de un trabajo normal en una fábrica y aquellas afortunadas que lograban un puesto estaban en el 5 % de las principales trabajadoras femeninas a nivel nacional, lo cual les daba a las mujeres libertad financiera en una época de creciente emancipación femenina. Muchas de ellas eran adolescentes, con manos pequeñas perfectas para el trabajo artístico, y difundieron a sus redes familiares y de amistades el atractivo de su nuevo empleo. Con frecuencia, grupos completos de hermanos trabajaban uno junto a otro en el estudio.

La luminosidad del radio era parte de su atractivo y a las pintoras de esferas pronto se las apodó las «chicas fantasma», ya que, para cuando terminaban sus turnos, ellas mismas brillaban en la oscuridad. Aprovechaban al máximo esta ventaja, llevando sus mejores vestidos al trabajo para que, por la noche, brillaran en los salones de baile. Incluso se pintaban los dientes con radio para conseguir una sonrisa que impactara más a sus pretendientes.

A las chicas se las instruía para que deslizaran los pinceles entre sus labios para conseguir que tuvieran la punta muy fina; una práctica conocida como afinar con los labios o una «rutina de labios, mojar y pintar». Cada vez que las chicas se llevaban los pinceles a la boca, tragaban un poco de la brillante pintura verde.

«Lo primero que preguntamos [fue] ‘¿Esto te hace daño?'», recordaba más tarde Mae Cubberley, que instruyó a Grace en la técnica. «Naturalmente, no quieres meterte en la boca nada que vaya a hacerte daño. El señor Savoy [el gerente] dijo que no era peligroso, que no teníamos que tener miedo».

Pero no era cierto. Desde que el elemento brillante había sido descubierto se sabía que era dañino; la propia Marie Curie había sufrido quemaduras debidas a radiación por haberlo manipulado.

Antes de que la primera pintora de esferas cogiera su pincel ya había muerto gente por envenenamiento por radio. En efecto, los hombres en las empresas de radio llevaban delantales de plomo en los laboratorios y manejaban el radio con pinzas de punta de marfil.

También, en aquella época, existía la creencia de que una pequeña cantidad de radio (como la que manejaban las chicas) era beneficiosa para la salud: la gente bebía agua con radio a modo de tónico y se podían comprar cosméticos, mantequilla, leche y pasta de dientes que incluían el maravilloso elemento.

En 1922, una de las compañeras de Grace, Mollie Maggia, tuvo que abandonar el oficio porque se encontraba enferma. No sabía qué le pasaba. Sus problemas habían comenzado con un diente que le dolía: su dentista se lo extrajo, pero entonces el siguiente diente también le empezó a doler y se lo tuvieron que extraer. En los lugares en que habían estado los dientes surgieron unas dolorosas úlceras como flores negras, con partes rojas y amarillas debido a la sangre y  pus. Supuraban constantemente y hacían que su aliento fuera nauseabundo. Entonces sufrió dolores en las extremidades tan intensos que finalmente la incapacitaron para caminar. El doctor creía que era reumatismo; la envió a casa con aspirinas.

En mayo de 1922, Mollie estaba desesperada. Para entonces había perdido la mayor parte de sus dientes y la misteriosa infección se había extendido. Dijeron que su mandíbula inferior, su paladar e incluso algunos de los huesos de su oído eran «un gran forúnculo». Pero lo peor estaba por llegar. Cuando su dentista empujó delicadamente su mandíbula para abrir su boca, para su asombro y horror, se rompió entre sus dedos. La retiró, «no mediante una operación, sino simplemente metiendo los dedos en su boca y sacándola». Tan solo días después, le quitaron la mandíbula inferior completa del mismo modo.

Mollie estaba literalmente cayéndose a pedazos. Y no era la única: por aquel entonces, también Grace Fryer estaba teniendo problemas con la mandíbula y sufría dolores en los pies, al igual que las demás chicas del radio.

El 12 de septiembre de 1922, la extraña infección que había afectado a Mollie Maggia durante menos de un año se extendió a los tejidos de su garganta. La enfermedad avanzó lentamente a través de su vena yugular. A las 5 de la tarde de aquel día, su boca estaba inundada con sangre, ya que la hemorragia era tan abundante que su enfermera no podía contenerla. Murió a la edad de 24 años. Con sus doctores desconcertados acerca de la causa de la muerte. Su certificado de defunción, erróneamente, indicó que había muerto de sífilis, algo que su antigua empresa utilizaría en contra de ella más tarde.

Como un reloj, las antiguas compañeras de Mollie, una a una, pronto la siguieron a la tumba.

La empresa contratista, por supuesto, negó cualquier relación entre las muertes de sus empleadas y los materiales con los que trabajaban.

Ese radio ingerido, literalmente, estaba excavando agujeros en su interior mientras estaban vivas. Atacaba a las mujeres en todo el cuerpo: la columna vertebral de Grace Fryer estaba «triturada» y tenía que llevar un refuerzo de acero en la espalda; la mandíbula de otra chica se consumió hasta ser «un mero muñón». Las piernas de las mujeres también se acortaron y se fracturaron espontáneamente.

Luego de varios intentos fallidos para lograr que las empresas terminaran con estas prácticas abusivas, recién a mediados de los años 30 la justicia se hizo eco de estos casos, pero los Estados Unidos estaban inmersos en la Gran Depresión. Si bien en esta oportunidad las trabajadores fueron rechazadas por su comunidad por demandar a una de las pocas empresas que seguía en pie, una de las empleadas, Catherine Donohue,  ignoró el consejo de los médicos y en lugar de ello declaró desde su lecho de muerte. Al hacer eso, y con la ayuda de su abogado Leonard Grossman (que trabajaba sin cobrar), finalmente consiguió justicia no solo para sí misma, sino para los trabajadores de todas partes.

El caso de las chicas del radio fue uno de los primeros en los que una empresa fue declarada responsable de la salud de sus empleados. Llevó a la creación de normas que salvaron vidas y, en última instancia, al establecimiento de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (Occupational Safety and Health Administration, OSHA), que ahora opera a nivel nacional en los Estados Unidos para proteger a los trabajadores. Antes de que se creara la OSHA, 14.000 personas morían en el trabajo cada año; hoy son pocas más de 4.500.

Las mujeres también dejaron un legado para la ciencia que se ha calificado de «inestimable».

Fuente: Buzzfeed

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